Luis Shapira es un médico del hospital Fernández. Nada fuera de lo normal, salvo por la particularidad que tiene 91 años, es jubilado, pero prefiere seguir trabajando sin cobrar un peso por su amor a la profesión.

En el día del médico, reconocer a este hombre es mostrar la pasión que tienen estos profesionales por tan noble trabajo.

Shapira se levanta cada día para ir al Fernández, en Capital Federal: su segunda casa. Tiene 65 años de profesión y hace 27 que está jubilado. “Sigo yendo porque amo a la medicina y al hospital público. Me gusta aprender aunque sé que me quedan pocos años para ejercer, sigo estudiando y me gusta escuchar a los jóvenes a los que dirigí cuando hicieron la residencia. Las mañana son los momentos más lindos de mis días”, le contó Luis al diario La Nación.

Nació en un pueblo de Entre Ríos sin luz eléctrica ni agua corriente. Hizo la mitad de la primaria allí y cuando tenía nueve años se mudaron a otro pueblo más grande, a 15 minutos de distancia en tren, donde finalizó sus estudios. A los 13 años viajó con su familia a Buenos Aires para instalarse definitivamente. Vivían en una casa inmensa que alquilaba la hermana de su madre; uno de los típicos conventillos.

Se recibió de bachiller en el Mariano Moreno. Mientras tanto, trabajaba para la Empresa Argentina de Prensa y Publicidad, donde hacía stencils y grababa artículos destinados a los diarios del interior en contra del nazismo en la época de la Segunda Guerra Mundial. Sus ingresos no bastaban para costear los libros: no se compró ninguno en toda la carrera y se sentaba largas horas en las bibliotecas públicas, la del Partido Socialista, que luego fue incendiada en un acto político, la del Consejo Nacional de Educación y la de la Facultad de Medicina.

Según la crónica que le realizó el diario La Nación, recién en cuarto año, cuando ingresó como alumno practicante al Hospital Alvear, se produjo el “flechazo”. “En el hospital me entusiasmó el diagnóstico de enfermedades”, dice. El que ofició de cupido fue su primer jefe, Lucio Sanguinetti, que según cuenta “sabía una enormidad”. “A tantos años sigo recordando y admirando sus diagnósticos en una época en la que no habían todas las herramientas que hay ahora. Él, con sus manos y con su interrogatorio, hacía los diagnósticos”, resume maravillado. La lección más valiosa, admite, se la dio un libro de Michael Balint, un psicoanalista y bioquímico británico que estudiaba el vínculo del médico con el paciente: “Me di cuenta de que lo que había que tratar es al enfermo y no a la enfermedad: vincularme con los enfermos y buscar la forma de ayudarlos”, relata.

Su carrera despegó durante esos años y se orientó en medicina clínica: “En mis 65 años de médico pasé por el Hospital Alvear, por el Rivadavia, por el Ramos Mejía y terminé en el Fernández, donde fundé la primera cátedra de Clínica Médica de la Universidad del Salvador y fui profesor durante 40 años. En todos ellos hay un conjunto de profesionales que «se pone la camiseta del paciente» y lucha, lucha, lucha tratando de solucionarle todos los problemas”, dice con énfasis.

En el día del Médico, es bueno repasar su consejo para quienes están estudiando e iniciándose en esta profesión: “es una profesión hermosa El mayor pago que se recibe es la satisfacción de solucionar problemas, hay que tratar al enfermo y no entusiasmarse con la enfermedad, que no se deja de estudiar nunca, que no dejen de ir al hospital y que sepan que cuando se va al hospital todos los días se tiene que aprender algo. Si ellos salen del hospital un día y se ponen a pensar que no aprendieron tienen que acercarse a algún profesional más adelantado y decirles: `Hoy estuve en el hospital y no aprendí nada, enséñeme algo, dígame qué tengo que hacer´. Estudiar, ser modesto, muy comprensivo, saber que el paciente es un enfermo y que la familia del paciente es una extensión y tiene que estar siempre presente”.