El viernes 31 de julio de 2015 Rodrigo Hredil, había salido de su casa alrededor de las 20 en su camioneta Peugeot Partner Furgón color blanca para “levantar” algunos pedidos de la distribuidora donde trabajaba, en Las Grutas, provincia de Río Negro. Pero Rodrigo no llegó a realizar esos trabajos: se fue a la comisaría del pueblo, ubicada a dos cuadras de su casa, y les dijo a los policías que una voz le ordenaba cometer algo tremendo.

La policía no lo supo contener y Rodrigo se fue. A sus padres, Celia Araya, de 49 años, y Fernando Hredil, de 51, les fueron a avisar lo que había pasado a los pocos minutos. Fernando salió desesperado a buscarlo: el día anterior Rodrigo había sufrido un brote psicótico y no habían podido internarlo ante la negativa de los médicos del hospital municipal.
Luego de unas horas de búsqueda, encontraron su camioneta a un costado de la ruta, cerrada. “Estábamos shockeados, no entendíamos qué había pasado. La camioneta estaba en perfectas condiciones pero a partir de ahí a Rodrigo nunca se lo encontró”, contó Celia, acompañada por su marido, en una comunicación vía Skype con La Nación unas semanas atrás.
En dos años y tres meses, la fiscalía que impulsó la investigación no pudo dar con las llaves del vehículo ni con ninguna prenda de vestir o con pertenencias del joven. Para el fiscal del caso, Juan Pedro Puntel, era “como ir detrás de un fantasma”.
El 30 de septiembre último, Puntel les comunicó a los Hredil sobre el hallazgo de restos óseos en la marea de San Antonio (una localidad a 18 kilómetros de Las Grutas). Hoy, la fiscalía confirmó que los restos pertenecen a Rodrigo.



















