Por Carolina Guiguet*

Suelo encontrarme muy a menudo, tanto en consultas individuales, entre mis alumnas durante las jornadas de taller, – y por supuesto en mis diálogos internos-, el sentimiento de culpa envuelto en las más variadas formas y colores.
Algunas veces llega ya con la etiqueta, claramente reconocido y nomenclado; pero muchas otras veces, las más de las veces, lo encuentro enredado, desdibujado, y hasta disfrazado tras personajes de lo más simpáticos.
Es como si de todos los sentimientos que pudiésemos experimentar, fuera uno de esos con los que menos feeling habría. Ese al que no queremos invitar a casa por “el qué dirán”, el que es más fácil ver en el ojo ajeno, y como consecuencia obvia, el árbol que nos tapa el bosque.
No hay de qué extrañarse, por los siglos de los siglos la culpa ha tenido mala prensa, sin embargo, con el tiempo se fue vislumbrando algo nuevo: la culpa puede ser un gran combustible, quizás el motor para hacer de este mundo, un mundo mejor. O por lo menos, creo firmemente en un mejor pronóstico humanitario, si cada uno de nosotros toma en manos la bolsita de culpa que va generando y en vez de tirársela al vecino como quien no quiere la cosa, revisa lo que hay dentro y le da el uso que tiene.
Así que de esto se trata, ya lo dice el proverbio chino “Antes de iniciar la labor de cambiar el mundo, da tres vueltas por tu propia casa”. He aquí la clave.
Veámoslo de esta manera, si todos alguna vez experimentamos este sentimientos, existe en cada rincón del mundo y fue reconocido a lo largo del tiempo… algún para qué debe tener. Cuando aparece el sentimiento de culpa, se experimenta un gran peso, un obstáculo para seguir avanzando -al menos para avanzar con ligereza-, por tanto antes de seguir nos obliga a replantearnos si estamos dispuestos a darle para adelante con nuestra hazaña, si no será mejor dar marcha atrás o si tendremos que hacer algo a cambio. Creo que la culpa, lejos de ser mala, es más bien molesta… por eso poco se tolera.
La culpa se presenta por diversas razones, pero podríamos separarla en al menos tres grandes motivos y comprender cuál es el asunto que tiene entre manos.

La primera es la culpa que surge cuando sentimos que por hacer, sentir o tener tal o cual cosa, nos “diferenciamos” o “separamos” de nuestro grupo de pertenencia -familia, amigos, etc-. Entonces borbota ese temor a quedar afuera, excluidos de la manada, y perder nuestro lugar. Por tanto la aparición de la culpa en esta escena, se arroga la honorable función de mantener los vínculos. Claro que a veces, “poder decir adiós, es crecer”.
Otra de sus variantes es la culpa experimentada por la descompensación entre lo que recibo de los demás y lo que yo doy a cambio. Ese clásico sentimiento de deuda que a veces produce insomnio, y en el peor de los casos sometimiento al acreedor. En su aspecto sano este sentimiento nos invita a mantener el equilibrio en las relaciones, o bien poniendo un límite, o bien retribuyendo como nos enseñó el juego de la infancia: pan-queso-pan-queso…
Y por último, podríamos vincular el tercer motivo de su aparición, a la transgresión. Es decir, la culpa que aparece tras desobedecer la ley, las normas, los límites. La culpa por ser el malo, el rebelde sin causa o la oveja negra de la familia. Esta culpa, cuando se impone y consigue su objetivo, cumple la función de mantener el estatus quo, la quietud, la homeostasis. Que nada, nada cambie.
Más allá del juicio social de si el motivo en cuestión por el que surge la culpa es justo o injusto, bueno o malo, moral o inmoral, el quid de esta cuestión es que la culpa surge como una alarma que nos pone en aviso de que estamos parados frente a una encrucijada: o aceptamos las consecuencia de nuestra decisión, haciéndonos RESPONSABLES (me hago cargo de mi decisión y sus consecuencias, asumiendo mi vida en mis manos), o hacemos oídos sordos a la alarma que sacude la conciencia, y finalmente tomamos el atajo de INOCENTES.
Podemos reconocer que tomamos este camino cuando nos escuchamos decir las frases del tipo, “yo quise, peeeero….”, “ME hicieron hacer lo que no quise”, etcétera. En algún punto, cuando es así, ponemos por delante a los demás o “a los designios de la vida”, con tal de no tomar al toro por las astas.
En este instante nos volvemos víctimas inocentes de las circunstancias, las cuales deciden y viven por nosotros. Hay que decirlo: la buena conciencia también nos cobra alquiler. Todo tiene su precio. Sólo que cuando vamos a la tienda de nuestra vida, nosotros elegimos con qué vamos a pagar: con nuestro enojo y frustración, la limitación de vivir siempre acorde a lo que esperan de mí los demás, y al llegar a casa cocinar -con la mejor cara de santo- reproches, maldiciones y asperezas; o con la tarjeta de la responsabilidad de asumirnos adultos y -en cuotas-, las consecuencias de ser imperfectos, para servir en la mesa aceptación, empatía y libertad.

* Licenciada Carolina Guiguet, psicóloga.



















