Por Germán Beauge*

“La República Argentina sola, no tiene unidad económica; Brasil solo tampoco; Chile solo, tampoco; pero estos tres países unidos conforman quizá en el momento actual la unidad económica más extraordinaria del mundo entero, sobre todo para el futuro… Esto es lo que ordena, imprescriptiblemente, la necesidad de la unión de Chile, Brasil y Argentina. Es indudable que, realizada esta unión, caerán en su órbita los demás países sudamericanos…” La frase, que data de 1953, corresponde a Juan Domingo Perón y parecería tener más vigencia que nunca.

El Tratado ABC fue suscripto originalmente en 1915 pero se vio prontamente frustrado. La historia enseña que no fue ratificado, en la Argentina, por las fuertes objeciones internas. Si bien fue aprobado por la Cámara de Senadores, fue rechazado en Diputados. Treinta años más tarde, el peronismo intentó resucitarlo fracasando en su intento.

Está claro que desde bien entrado el siglo XX, en el pensamiento de los dirigentes, estuvo la idea de la integración regional: uniendo fuerzas y coordinando políticas seremos más capaces de defender nuestros intereses y de obtener ventajas para nuestro lado. Existía, también, una necesidad de edificar puentes entre todos los espacios. Con este espíritu surgieron diferentes organismos regionales, que van desde la Organización de Estados Americanos, hasta la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (más comúnmente ALBA), el Mercosur y la Alianza del Pacífico.

Aunque podría existir cierta superposición de competencias entre ellos en determinadas áreas, la realidad muestra que todos desempeñaron algún rol destacado en las crisis que vivió la región en los últimos años. Sin ir más lejos, un ejemplo es el papel del Mercosur y de la OEA en la actual crisis en Venezuela. UNASUR, por su parte, cumplió un papel protagónico condenando el intento de golpe de estado contra Rafael Correa en Ecuador en el año 2010.

En la región sudamericana, el debate en la actualidad gira en torno a dos modelos de integración: la Alianza del Pacífico, por un lado, y el Mercosur, por el otro. ¿Son incompatibles ambos procesos? Si la idea de los líderes políticos del siglo XX fue que Sudamérica estuviera unida, ¿no deben entonces construirse puentes entre el Atlántico y el Pacífico?

El debilitamiento del Mercosur y el giro al Pacífico

El Mercosur –cuyos miembros originales son Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay- buscó desde los inicios de la primera década del siglo XXI constituirse como un organismo que funcionara como reaseguro a su desarrollo autónomo en términos políticos, económicos y sociales. Sin embargo, más que coadyuvar al avance de la integración regional para así insertarse en el mundo, el bloque se vio gravemente debilitado por circunstancias internas.

El momento del Mercosur no es el mejor: desacuerdos económicos y políticos explican esta situación. Mientras alguno de sus Estados parte pretenden mayor apertura, otros bregan por un mayor proteccionismo. Así quedó demostrado durante el 2015 cuando los miembros pequeños pugnaban por un rápido acuerdo con la Unión Europea, mientras que los grandes iban “a otra velocidad”. A esto hay que añadir la difícil situación que transcurre en Venezuela.

Las diferencias son difíciles de negar y de ocultar. Pero la integración no significa homogeneidad ni armonía. Para que aquella exista tiene que haber diálogo, contacto y negociación y esto implica, necesariamente, tensión.

A este escenario se suma un Mercosur muy pobre en su intercambio con el exterior. Según señala Marcelo Elizondo, director de la consultora Desarrollo de Negocios Internacionales (DNI), “el Mercosur lleva cuatro años seguidos de caída de actividad comercial con el resto del mundo. Las exportaciones cayeron en conjunto un 20%. Y agrega: “el Mercosur sólo posee acuerdos de libre comercio con el 5% de la economía global”.

En este contexto, la Argentina buscó un acercamiento con la Alianza del Pacífico, que le otorgó el estatus de “observador”.

La Alianza del Pacífico se caracteriza por tener amplios tratados de libre comercio con gran parte del mundo. La integración de Chile, Perú, Colombia y México está orientada hacia la región Asia-Pacífico, una de las más dinámicas y eje de la economía mundial.

Ser observador de un bloque que suma 215 millones de habitantes y casi el 40% del PBI de Latinoamérica debería traducirse en ventajas palpables: los acuerdos comerciales que tiene la AP permitirían llegar sin pago de aranceles a entre 1.500 y 4.500 millones de habitantes. De allí la intención de Argentina de formar parte del bloque. Es una gran oportunidad para acceder a más mercados, con todo lo que ello significa.

La AP tiene para Argentina la gran ventaja de la cercanía geográfica, la similitud cultural, los parecidos normativos, y la pertenencia común en foros políticos regionales. Además puede ser la plataforma de salida a economías del sudeste asiático. De este modo, se potenciarían mercados que ya son grandes receptores de exportaciones argentinas.

El acercamiento entre el Mercosur y la AP implica un posible movimiento hacia mecanismos futuros de nueva integración internacional productiva, comercial y en inversiones.

Pero nuestro país debe tener en claro que la integración al mundo debe pasar necesaria y obligatoriamente por el Mercosur, para desde allí sí involucrarse en otros procesos de integración. La importancia del bloque, además de que nos une con nuestro principal socio comercial –Brasil- radica en que no sólo busca la integración económica de sus miembros, sino que también aboga por una mayor integración en materia política, social, cultural, educativa, sanitaria, entre otras cuestiones. Esto contrasta con la AP, que por el momento solo se caracteriza por la gran variedad de tratados de libre comercio que lleva firmado a nivel mundial.

La construcción de puentes entre el Atlántico y el Pacífico debe llevarse a cabo, de lo contrario la región tiende a fragmentarse y debilitarse. Asimismo, una convergencia de ambos mecanismos de integración podría significar el comienzo de la búsqueda de un proyecto comercial conjunto en la región.

Para lograr una América del Sur que crezca y se desarrolle, es indispensable avanzar hacia la coordinación comercial entre todos sus Estados.

*El autor es licenciado en Relaciones Internacionales.