Por Rosario Caminos*

No dejo de perder en concursos literarios. Soy incansable en los envíos e invariable en el resultado. Los que más prometen son los peores, porque el cimbronazo se siente fuerte. Una exhalación y el vacío.
No obstante, quién me saca ese runtuntún de adentro y el respirar casi ajeno, al buscar mi nombre en el listado: el primero no, uno más, el de abajo, el último… hasta el fin.
Hubo uno que sí. Una vez, un poema se llevó una mención. No pude asistir al acto de entrega de premios, pero lo recuerdo bien.
Recuerdo la siesta en que metía mis pequeñas ilusiones en un sobre. Era una paloma lo que enviaba, una paloma que tiempo antes había cruzado en la ruta camino al río, con mi papá y, por algún curioso designio, en mí se había transformado en poema.
Un paseo en lancha me condujo por el cauce de las coincidencias que debían atarse a la red de mi destino. Con mi papá pescábamos. Yo misma era un pez, lo comprendería después de un tiempo, desandando la corriente.
No dejo de perder en concursos literarios. Anoche mismo me enteraba de un nuevo resultado: mi nombre, ausente.
De todos modos, mi andar por la literatura es la única forma en que sé vivir. Sólo esa vez, esa mención, chiquita, modesta, abrió paso al diálogo con un desconocido que también escribía.
Necesito apelar a la definición de chispa: partícula encendida o luminosa que salta de una materia que arde o del roce de dos objetos. Pienso que algo de eso hubo, ardía en cada uno de nosotros la escritura. Pero también fue el roce, pienso, porque de lo contrario no me explico cómo ese desconocido es, hoy, de los más importantes, de los más necesarios.
Esa misma fuerza que me conduce a escribir, fue con la que se escribió la vida que me esperaba: los días en que conocería otra forma de amar; las buenas noches; el miedo a que pueda desaparecer; el primer hogar; las peleas; las tardes; los vinos y los viajes.
No es ganar un concurso, es saber seguir la paloma, encantarse con su vuelo y compartirlo.
*Licenciada en Letras.


















