El gesto ínfimo de Carlos Tévez en el meidodía del domingo, cuando se iba al vestuario en el entretiempo, hizo feliz a un nene. El chico tenía su mano sobre el vidrio que separa la cancha de la platea en la bombonera, y el 10 del Xeneize le apoyó su mano: el resto se explica por sí solo.

El nene se puso su mano sobre la cara, no pudiendo creer que su ídolo lo hubiese saludado a través del vidrio. Con ese simple saludo le cambió la vida. Y sin embargo no fue lo único que hizo. Se quedaron esperándolo a la salida y Tévez accedió a sacarse una foto.

Luego de esa secuencia que cobró trascendencia por sí sola, el nene se mostró rodeado de camisetas de Boca contando a qué jugadores había visto. Y luego cantó las canciones de cancha del Xeneize. Es más feliz desde que Carlitos lo saludó.

No es la primera vez que Tévez hace algo así: de hecho el enganche de Boca se caracteriza por visitar a todos los niños que puede. Cada chico que el ídolo se entera que sufre alguna enfermedad, lo visita en su casa o en el hospital. Es una forma de aliviar el dolor. Y de cumplir un sueño. Gestos mínimos que vale la pena reconocer.