Con una caravana de vehículos más una manifestación, cientos de personas entre las que se encontraban excadetes y padres de alumnos del Liceo Militar General Manuel Belgrano, se expresaron contra las medidas anunciadas por el Ministerio de Defensa de la Nación.

Sucedió el sábado por la tarde en el edificio de Avenida Freyre al 2.200. Fue parte de una marcha que se realizó a nivel nacional. En Santa Fe, hubo bengalas y cánticos, pero además, por la cantidad de personas que llegaron al lugar debieron interrumpir el tránsito sobre la Avenida Freyre entre Salta y Juan de Garay.

“El Liceo es una oferta educativa muy importante que ha demostrado estar a la altura de los mejores colegios durante muchos años. No nos parece que sea una buena idea modificar su esencia que forma buenos ciudadanos, rescata valores y el respeto a nuestros símbolos patrios”, dijo el presidente de la comisión de padres Alejandro Barbosa a los medios presentes.

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  1. LICEOS MILITARES: NO SE REFORMA UN SENTIMIENTO

    No me importa si nace de este o aquel ministro. De este o aquel partido. No me importa si se hace por revancha o por odio. Con intencionalidad o impericia. No me importa qué hay detrás de esto que vuelve a presentarse en la agenda política, y que duele, mucho. No me importa si en el afán de lograr eso que no sé (ni me interesa) nos tratan de golpistas, fachos, gorilas, asesinos o locos. No me importa que intenten descalificarnos en ese camino. No me importa lo que digan, ni lo que piensen. Sólo me importa una cosa: mi Liceo Militar.

    ¿Cuál es mi Liceo? El “General San Martín” en Buenos Aires; el “General Espejo” en Mendoza; el “General Belgrano” en Santa Fe; el “Grl Paz” en Córdoba; el “General Roca” en Chubut; el “General Aráoz de Lamadrid” en Tucumán; el “Almirante Brown” en Buenos Aires; el “Almirante Storni” en Misiones y el Liceo Aeronáutico Militar en Santa Fe. Cada uno de ellos es mí Liceo. Tuyo y de cada argentino. Son esos pasillos, esas aulas y esos jardines que se volvieron parte fundamental de la vida de cada uno de los que aprendimos a valorar a nuestra familia que nos apoyaba a la distancia; a nuestra Patria, nuestros compañeros y nuestros compatriotas, empezando por cantar Aurora con energía bien temprano frente al Pabellón Nacional y aprendiendo nuestra historia y Valores Nacionales conjuntamente con el avance de la formación como Cadetes.

    Sí, ese es mi Liceo. El que me enseñó que con 12 años podía arreglar mi habitación; coser mis botones; barrer, lavar y planchar. El que demostró que todo eso que hacía mamá o papá por mí demandaba ganas, tiempo y energías; tanto en días buenos como malos. Me enseñó a valorar esa presencia incondicional de la familia. Me enseñó a extrañarla y – de paso – a superar esa distancia que nacía entre lágrimas en la retreta. Mi Liceo también son mis camaradas, esos con los que me di cuenta que tenía que afeitarme, que podía enamorarme, equivocarme, divertirme y que existen los hermanos de distintos padres. Hermanos con distintas historias, con distintas sensaciones, con distintos propósitos, con distintas posibilidades… pero que todos descartaban que al lado tenían a otro amigo que estaba dispuesto a dejar todo por nosotros. También hubiéramos hecho lo propio. En el aula o en el terreno. En el rancho o en el pozo. Aprobados o sancionados. Corriendo o arrastrando. Riendo o llorando. Para un camarada, para un hermano Liceísta, no hay condicionante. No lo hay, ni con 12 años, 17 o 60. Porque el Liceo no es una etapa, es un sentimiento. Ese que adquirimos en la inmadura adolescencia y nos acompaña hasta el lecho de muerte.

    Mi Liceo está en todo el país. En cada ciudad donde el Ejército, la Armada o la Fuerza Aérea tienen uno. En cada localidad donde un Liceísta ejerce su profesión. En las Islas Malvinas, donde descansan héroes Liceístas. En la Antártida, donde militares y científicos liceístas hacen más grande nuestra soberanía científica y territorial. En el extranjero, llevando Paz a través de la ONU o llevando la celeste y blanca a través de sus vidas en otros suelos. Mi Liceo trasciende fronteras, trasciende edades, trasciende épocas. Esta es una más.

    Digo que no me importa y que no sé qué buscan cuando manosean mi Liceo Militar. Tampoco lo entiendo. Miro las noticias y el país está mal. Las instituciones decaen. La sociedad pierde moral. Empero algunos – desconociendo o sin entender nuestra historia y esencia – se detienen – detrás de una excusa ideológica que poco nos involucra – en esto que funciona bien, muy bien. De eso no hay dudas, si cuando encendés la TV aprendés de salud con el Dr. Cormillot o de ciencia, leyendo una revista con artículos de Maldacena. Si hay pujantes agropecuarios o importantes empresarios como Roemmers o Roggio que mueven nuestra economía. Si reconocés a Pancho Ibáñez en cada spot publicitario con su voz. Si pasás por Mar Del Plata, Córdoba o Chubut, donde gobiernan Schiaretti, Montenegro y Arcioni. O quizá pasaste por Santa Fe cuando lo hacía Bonfatti. Si celebraste la Democracia con Alfonsín y De La Rúa. Si te volvías loco con Los Pumas, cada vez que salían a la cancha con Fernández Lobbe. Si podría seguir mencionando centenares de figuras políticas, empresariales, deportivas y de cualquier rubro que se te ocurra, con el único factor común: todos ellos Liceístas.

    En mi Liceo me enseñaron, resumidamente, todo lo que conté más arriba. Todo ello, sentando las bases en Dios, pero respetando cada credo que se presente. Aprendiendo a defender y engrandecer mi Patria, desde la profesión o trabajo que elija; instruyéndome – acorde a cada año lectivo – sobre el uso de armas de fuego, con la conciencia de que es el último instrumento que debemos tomar si la Patria nos llama, para defender nuestros intereses vitales como país, con las premisas que recién destaqué. Mi Liceo siempre buscó lo mismo: formar buenos ciudadanos, insertos en la sociedad que los rodea; elijan – luego – la profesión, vocación o vida que elijan. Mi Liceo sólo me otorgó una condición, irrenunciable: ser Liceísta. Y no me importa nada más que eso siga siendo así, para quienes lo deseen en las futuras generaciones. Por y para eso, la familia Liceísta está siempre de pie, atenta y dispuesta.

    *Soy vos, él, ella y cada Liceísta de nuestra historia.*

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