De la cabeza era, al final, esa batalla a la que Gallardo se había referido como física. De la cabeza. Vía aérea, por ese testazo (en realidad, hombrazo) de Paulo Díaz que le terminó dando el triunfo a River. Pero también porque el primer chico de los octavos de Libertadores terminó siendo quizás un partido más ajedrecístico que futbolístico. Aunque con el aporte del rigor, de la tensión necesaria. Quizás, por momentos malentendida.
Si la suma de las individualidades construye un ente colectivo intangible al que se le puede decir equipo, entonces se comprende por qué en esa pulseada mental se la haya quedado River. No porque Talleres no haya hecho méritos: si se contempla el ping-pong, el antiguo score moral, el local por los centros cruzados podría haber lastimado más de una vez. O por alguna arremetida que no pudo controlar un fondo de doble estándar: por derecha se mostró infranqueable, por izquierda, demasiado permeable, impreciso. Sin ese vigor gallardista que en líneas generales apareció menos que lo esperado, pero en los momentos adecuados para ganar.
Paradójicamente el gol lo marcó Díaz, uno de los menos precisos en una noche que encontró a Talleres un tanto más cómodo desde el arranque. Pero que terminó emparejándose -e inclinándose, a fin de cuentas- por dos factores: la expulsión de Lucas Suárez por un pisotón de atrás a Bareiro la lectura que hizo su mente maestra, don MG, para recalcular a tiempo.
Ahora la revancha se jugará en el Monumental el próximo miércoles desde las 21.30 horas y determinará que equipo se meterá entre los ocho mejores del continente, representando a nuestro país en una llave que estará minada de Brasileros.























