El sindicalista llega al lugar de trabajo de uno de los sindicatos más fuertes. Habla sobre las injusticias que implica el proyecto de reforma previsional que se trata en el Congreso. Insiste en que no se puede aceptar tanto atropello y cuenta que habrá una marcha. Empieza en una hora, en la mañana santafesina, les dice el lugar y que quedarán desafectados de su trabajo para ir sin problemas. Allí viene la amenaza: “¿Alguien tiene algún problema para ir?”, mira de a uno a los ojos. Nadie habla. “Insisto: ¿Alguien tiene algún problema para ir?”.

Cabezas gachas, todos los empleados del lugar se levantan y lo siguen. Ninguno se anima a dar motivos: que no coinciden con su pensamiento, que no les interesa marchar o que tienen trabajo urgente que hacer. Nada. “Nos obligan a marchar”, dice uno de los manifestantes, mientras se esconde del sol en Tucumán y San Martín.

 

Los que se sienten obligados son muchos. Están lejos del núcleo principal de la concentración donde se agitan las banderas de las diferentes organizaciones, pero sirven para hacer número. Hacen que la cola de gente sea extensa y que la manifestación parezca más masiva.

El empleado ruega que no se publique su nombre. Teme por su trabajo. Pero se siente parte de un rebaño al que, de haber podido elegir, no hubiese pertenecido. No sabe si está de acuerdo con el proyecto de reforma previsional o no. Pero protesta por esa forma tan patotera de cortar la ciudad y de sentirse arrastrado por un sindicalista a quien no conoce y con el que no había hablado nunca antes de ese intercambio de la primera mañana, cuando lo miró a los ojos y preguntó si alguien tenía problemas en marchar.