Por Rocco Guglielmi* (Especial para NexoDiario)

El objetivo principal del terrorismo, como su nombre lo indica, es infundir terror. En los últimos tiempos, no pasa una semana sin que nos enteremos a través de las noticias de un nuevo acto terrorista con decenas de muertos o heridos. El terror está siendo infundido a diario y trasmitido en vivo, para que todos seamos espectadores de lujo alimentando nuestro miedo y confirmando nuestra vulnerabilidad.
La característica principal de los actos terroristas es su imprevisibilidad, parece imposible prevenirlo, sólo queda sorprendernos cuándo y dónde ocurrirá el próximo episodio. Lo puede generar un grupo planificado de varias personas equipadas para atentar o una sola persona que toma un arma o un vehículo dispuesta a morir para matar. Esta última parece la nueva modalidad de bajo costo que ni policías ni servicios de inteligencia tienen modo de controlar.
Teniendo en claro este escenario, es preciso hacer dos comentarios reales sobre el terrorismo que nos permitan ampliar nuestra visión y comprender cómo nos influyen verdaderamente estos sucesos. En primer lugar, el enorme miedo que sentimos de morir en un atentado terrorista está muy por encima de las probabilidades de que esto realmente suceda. En segundo lugar, la conmoción que generan estos ataques varía notoriamente de acuerdo al nivel de desarrollo del país donde fueron perpetrados.
Cada vez que un terrorista produce un atentado, instantáneamente obliga a los gobernantes locales, regionales y en ocasiones hasta de todo el mundo a salir a repudiar enfáticamente el hecho, paralelamente los medios de comunicación instalan sus cámaras para trasmitir hasta el más mínimo detalle de lo sucedido, luego vendrán las portadas de los diarios mostrando la masacre y así el objetivo del terrorista se cumplió completamente: no solamente produjo el ataque, sino también logró infundir el terror en el resto de la sociedad.

El terrorismo cumple con su estrategia al lograr que las personas se sientan inseguras en cualquier sitio frente a un peligro inminente y que no pueda ser controlado. Lo cierto es que si se analizan los riesgos de morir, estadísticamente hablando, deberíamos tener mucho más temor de sufrir accidentes domésticos, hechos de delincuencia o de subirnos a un automóvil que puede ser parte de un siniestro. La probabilidad estadística de morir en un atentado terrorista está muy sobrevalorada si tenemos en cuenta todos los demás peligros que nos amenazan a diario.
Por otra parte ¿Por qué nos conmociona más un terrorista que acuchilla algunas personas en Estados Unidos o Francia que un coche-bomba que se lleva la vida de decenas de personas en Nigeria o Irán? Los índices de calidad de vida y seguridad de los países desarrollados muestran que es mucho menos probable que este tipo de hechos sucedan allí, sin embargo no debemos perder de vista que ante cualquier atentado terrorista las víctimas son seres humanos, cuya vida vale lo mismo en cualquier parte del planeta.
Frente a mayor sensación de seguridad, mayor es el miedo (y consternación) que sentimos cuando la vemos vulnerada. Es por ello que un ciudadano de Alepo en Siria, lamentablemente acostumbrado a ver explosiones o atentados de cerca, es probable que sienta mucho menos temor a sufrir este tipo de ataques, mientras que cuando el episodio se produce en Londres, todos nos vemos notoriamente sorprendidos.
Sin restarles magnitud ni dramatismo a la nueva ola de ataques terroristas que atraviesan al mundo y a Europa particularmente, merece la pena concientizarnos acerca del verdadero impacto de estos deplorables sucesos. Frente a la imprevisibilidad y a la sensación de inseguridad constante, como simples ciudadanos no tenemos demasiado por hacer. Quizás disminuir nuestro miedo y evitar la sensación de terror pueda ser, irónicamente, la mejor arma contra el terrorismo.
*El autor es licenciado en Relaciones Internacionales.



















