Por Carolina Guiguet*

¿Se imaginan estar tomando un café en la oficina, que llegue una compañera del sector de al lado y sin mediar palabra tome la taza que tenemos en uso? Ahora agreguemos un factor más, pasa el Jefe de Contables justo por ahí y nos dice: “Dale la taza a Susana, no seas mal@/egoísta, no la hagas llorar o enojar”.
Claro, que entre adultos imaginar este tipo de cosas es casi absurdo y gracioso, porque en algún momento aprendimos a respetar y a comportarnos empáticamente con el otro. O al menos eso esperaríamos.
Ahora, ¿Cuántas veces nos hemos encontrado intentando resolver los pleitos de los chicos con este tipo de frases? Todos coincidimos en que no nos gusta verlos pelear, llorar y sufrir frustraciones. Y de estos encontronazos hay al menos tres por cada día.
Cuando le decimos al más grande que le dé el lápiz azul que estaba usando a su hermanito, simplemente porque él lo quiere y si no lo tiene llora o grita, le estamos enseñando algunas cosas diferentes a no ser egoísta. Le enseñamos por ejemplo:
– Que es más importante el deseo, el espacio y el tiempo del otro que los propios.
– Que cuando el otro se enoja y sufre es por su culpa y debe evitarlo, incluso a costa de resignar lo suyo.
– Que ser bueno es dar siempre.
– Que solo una persona ajena puede resolver el conflicto, incluso de una manera que no es justa. Y hay que aceptarlo.
Cuando al más chico le damos el lápiz que usaba su hermano inmediatamente respondiendo a sus berrinches, además de calmarlo, también en promo le estamos enseñando algunas cosas más:
– Que la vida nos da lo que queremos siempre y si no, la resolución es enojarnos.
– Que son más importantes mis deseos y necesidades que la de los otros.
– Que lo único bueno para mi es lo que yo me antojé, no hay otras opciones.
– Que lo esperable es que los demás me defiendan porque “estoy mal”.
Y así podemos imaginárnoslos de adultos con los sufrimientos que acarrearán, y cómo responderán frente a los conflictos.
Sé que parece que al final de cuentas, todo lo que hagamos va a traer un problema después. Por supuesto que las dificultades estarán, los sufrimientos de cada personalidad seguirán apareciendo. Pero existen distintas maneras a través de las cuales podemos ir ayudándolos a ampliar sus potencialidades.
Si frente a esa misma situación le proponemos al más grande: “Podrías decirle a tu hermano que ahora al lápiz azul lo estas usando vos y ofrecerle otros colores mientras tanto, hasta que puedas prestárselo e intercambiar”; de esta manera le estaríamos enseñando que es tan respetable que lo use él como su hermano. Que está bien que pinte tranquilo y sin culpa. Que él puede hablar con su hermano y resolverlo por su cuenta. Que está bueno ocuparse de dar otras soluciones a quien las necesita. Y por supuesto que las cosas son para compartir e intercambiar.
Por otro lado, podríamos calmar al más chico preguntándole: “Si ibas a pintar los brazos con azul, ¿qué te parece si mientras te lo pueden prestar pintamos las piernas con verde?” o “¿qué te parece si te acompaño un ratito a correr al patio hasta que el lápiz azul está disponible?”. De esta manera le estamos enseñando que con llorar y enojarse el mundo no se mueve a su gusto, que existen otras opciones y puede ser flexible, que hay que aprender a esperar y que las esperas no necesariamente tienen que ser aburridas.
Practiquémoslo en casa. Por más dibujos en familia, más herramientas para los niños y mejores padres cada día. Que nadie nos enseñó y este rol lo aprendemos jugando con ellos.
*Licenciada en Psicología.




















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