El día está claro, y pese a los 32°C de calor, la playa está desierta. Miami se prepara para una catástrofe. Se espera que pasado mañana se empiece a sentir la furia de Irma, el huracán más grande y poderoso del que se tiene registro en el océano Atlántico.

La ciudad está revolucionada, pero en calma. Las clases se suspendieron hoy y mañana. Las autopistas no cobran peajes. Las estaciones de servicio tienen colas de 300 metros. Se quedan sin combustible, y hay que enfilar hacia otro lado. Hasta que llega un mensaje de WhatsApp: “En la Shell de tal esquina están reaprovisionando”. Y ahí vamos. GasBuddy es quizá la app más popular del momento: indica cuáles son las estaciones de servicio cercanas donde hay combustible y a qué precio. Quien quiera evacuar debe salir con el tanque lleno y, mejor aún, también con bidones para recarga. El riesgo es quedarse en la ruta sin poder conseguir nafta.
Desde hace tres días, ya no quedan pasajes aéreos. A ningún lado. Ni internacionales ni de cabotaje. Algunos entonces optaron por salir desde aeropuertos cercanos, como Tampa u Orlando.

Cada ciudad tiene su canal de comunicación. Por las redes sociales, por mensaje de texto e, incluso, llamadas automáticas. La organización es impecable, y la previsibilidad juega a favor. Los alcaldes de Florida hablan en televisión varias veces por día. Se reparten bolsas de arena gratis mostrando el documento que pruebe una dirección en la ciudad, y se actualizan constantemente la apertura de los refugios o “shelters”, construcciones antihuracanes, en su mayoría colegios. Pero no es cuestión de ir porque sí. Piden que se usen como último recurso, para aquellos que evacúan sin tener a dónde ir. Proveen un refugio de corto plazo y no son cómodos. Cada uno debe llevar sus pertenencias en lo posible, incluso colchón, agua, comida.
Hay que tener paciencia para todo. En tiendas de construcción para el hogar, como Home Depot, se empezó a formar una cola a la espera de que reaprovisionen con paneles de madera. Llegan en una hora, avisaron. Hay cola para conseguir changuito. Cola para esto, cola para lo otro. Pero jamás un grito desesperado ni un vivo que quiera colarse. Los generadores se venden como pan caliente. Y entre desconocidos, se ayudan mutuamente para cargarlos a las camionetas.

En los supermercados, el agua ha desaparecido. Y si bien reponen, parecería que no es suficiente. También se agotan los enlatados, snacks, faroles a pila y linternas. No solo hay que equiparse para el huracán, sino para el día después. Se prevé que habrá cortes de luz y agua por varios días.
A pesar de la emergencia, los comerciantes no especulan con el aumento de precios. O al menos no pueden. Es por eso que la nafta apenas subió unos pocos centavos. Si alguien advierte que un comerciante quiere lucrar de esta situación desesperante, hay que denunciarlo. En dos días se han recibido 1500 llamados.
En las casas, muchas de ellas con los garajes abiertos, puede verse a sus dueños alistándolas, tapiando ventanas con paneles de madera, acordeones metálicos, o desplegando persianas antihuracanes. Los vecinos se encuentran en la calle, comparten consejos, charlan y se ayudan entre ellos. Los une el miedo. Vacían u ordenan cocheras para guardar los autos. Otros se los llevan a estacionamientos techados en shoppings u hospitales, donde quedarían a mejor resguardo.
“Nos preparamos para lo peor, esperando lo mejor”, dijo el gobernador de Florida, Rick Scott. La frase se repite una y otra vez. En los noticieros. Entre la gente. Y sostiene que todos deben estar preparados para evacuar. Yo tengo mi valija, mis documentos y pasaportes listos en una bolsa plástica. Pero. ¿qué hacer?
Miles de autos se dirigen al norte, prefieren dejar la zona. Otros evacúan por obligación: así se dispuso para la cadena de cayos que se desprenden del continente, y llegan hasta Key West. Ya han partido de esa área 31.000 personas, que pasan por Miami rumbo norte.
La procesión empezó ayer, y a medida que pasan las horas, las autopistas se van colmando. El escape es uno solo, siempre hacia arriba. En los condados de Miami- Dade y Broward (que abarca Fort Lauderdale), la evacuación es obligatoria para la franja costera. “Podemos reconstruir tu casa. No podemos reconstruir tu vida o tu familia”, concientiza Scott. Pero a nadie le tocan la puerta, nadie es forzado a dejar su casa. El riesgo lo asume cada uno.


















