Por Germán Beauge* (Especial para NexoDiario)

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial amaneció la era del libre comercio. El gran vencedor de esa contienda, Estados Unidos, que antes había tenido una política claramente proteccionista para su industria, se volcó hacia una política de laissez-faire. Lo hizo después de que su industria fuera lo suficientemente grande como para competir y dominar la economía mundial. Es decir, el libre comercio fue la consecuencia y no la causa del desarrollo económico.
En el último cuarto del siglo XX hubo una multiplicación de tratados de libre comercio (TLC), que tendió a involucrar no sólo a más países, sino ya a regiones enteras. La regla es ahora la siguiente: la protección es mala y, por ende, desaconsejable. Si un país quiere crecer y desarrollarse, debe estar abierto al libre comercio.
Pero ¿qué es un tratado de libre comercio? Un TLC consiste, principalmente, en un acuerdo comercial para ampliar el mercado de bienes y servicios entre los países participantes. Asimismo, se produce una eliminación o rebaja sustancial de los aranceles para los bienes entre las partes. Los productos se intercambian libremente, con casi nulas restricciones.
La llegada del siglo XXI significó el deseo de una integración comercial casi completa de los países. Ya no sólo nos unimos con nuestros vecinos, sino con regiones distantes. Los ejemplos sobran: el posible acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión entre Estados Unidos y la Unión Europea (TTIP, por sus siglas en inglés) y el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, más conocido como TPP, que incluye 12 países de la Cuenca del Pacífico.
El libre comercio puede ayudar a los países a producir con economías de escala y ofrece, asimismo, nuevos mercados en los cuales colocar nuestros productos. No debemos quedarnos encerrados en nuestras fronteras. Ampliar las relaciones nos ayudará a ser más productivos, a adquirir nuevas tecnologías y el know-how necesario para el crecimiento económico de nuestros pueblos.
Sin embargo, si no se toman los recaudos necesarios el libre comercio puede tener su aspecto negativo. Esta clase de acuerdos exceden el comercio e involucran inversiones y capitales, servicios y patentes, y conllevan una disputa de fondo sobre la visión estratégica que cada parte tiene de su país y bloque frente al resto del mundo. Así pues, los TLC nos exponen a una serie de peligros.
El más evidente, como ocurre en toda negociación, es la es la asimetría entre las partes. Por ejemplo, entre el Mercosur y la Unión Europea las diferencias son mayúsculas. Según señala el Banco Mundial, los 28 países de la UE (sin contar la futura salida del Reino Unido) representan el 17,5% del PIB global y una quinta parte del comercio mundial. El Mercosur, en cambio, ronda el 3% del PIB mundial (dos tercios, sólo Brasil). Por consiguiente, no es lo mismo la resistencia que puede ofrecer una potencia de la UE como Francia para el ingreso de producción agropecuaria del Mercosur, un eje central de las negociaciones en curso, que la que tenga Uruguay para resistir la desigual oferta de bienes industriales.
En cuanto al TPP, poco se supo del mismo ya que sus negociaciones fueron secretas. Nadie, ni los miembros del Congreso de los Estados Unidos, sabía qué se estaba firmando. Con la llegada al poder de Donald Trump, Estados Unidos se ha dado de baja del Acuerdo Transpacífico. El magnate lo consideraba un total desastre para los trabajadores estadounidenses.
En definitiva, el siglo XXI vio el nacimiento de la “era de las regiones”. Si los acuerdos no son administrados en función de la población, de objetivos de desarrollo y de inversiones que aumenten la generación de empleo genuino, el riesgo que se corre es de ver nuestras economías absorbidas por la potencia mayor. El Mercosur se enfrenta al gran desafío de no “reprimarizar” aún más su economía y de terminar sometiendo su estrategia de desarrollo industrial y tecnológico a las necesidades europeas.
*El autor es licenciado en Relaciones Internacionales.


















