Marcos Camino, el líder de Los Palmeras, es participe de una historia increíble, casi propia de un cuento. Es que el músico descubrió a los 20 años que su mejor amigo, Miguel, era nada más y nada menos que su hermano.

Los protagonistas se conocieron cuando tenían aproximadamente nueve años. Marcos había sido cambiado de colegio y el primer día de clases lo sentaron al lado de Miguel. No tardaron mucho en notar que varias pasiones los conectaban: eran hinchas de Colón, les gustaba la música y la misma chica. Uno tocaba el acordeón, el otro la guitarra.

Crecieron juntos y ya de grandes, cuando tenían 20 años, una noticia que nunca imaginaron hizo cambiarlo todo.

Los dos nacieron en Santa Fe capital. Marcos vivió con su papá biológico hasta los cuatro años, momento en que se separó de su mamá y entonces mantuvo la relación, pero a distancia. Miguel, en cambio, había sido criado por su madre y por la pareja de ella, un hombre que le dio su apellido y lo cuidó como si fuera su hijo. A pesar de que hasta los 15 años preguntó quién era su verdadero papá, la respuesta era siempre la misma: “Tu papá es el que está con vos desde que naciste”.

Nunca imaginaron que esa unión del corazón y del alma que sentían el uno por el otro se transformaría en una cuestión sanguínea. Un día Miguel, ya con 20 años, estaba en su casa cuando sonó el timbre: era una persona que le venía a decir que el dueño de la remisería del barrio –Máximo, padre de Marcos– había pedido que se acerque porque tenía un trabajo para ofrecerle. No lo dudó, subió a su bicicleta y recorrió esas cuadras con la esperanza de aquel que sueña con conseguir su primer empleo.

“Me acuerdo que entro a la remisería algo agitado. Pregunto por él y cuando se presenta me hace sentar en un sillón que tenía en el ingreso. Me mira a los ojos y me dice: ‘Miguel, yo soy tu papá’”.

–¿Qué? ¿Cómo? Pero si usted es el padre de Marcos.

–Marcos es tu hermano.

“Así, sin anestesia. Me tiró su paternidad por la cabeza y yo no entendía nada. De repente tenía enfrente a mi papá y en el mismo momento me enteraba que mi mejor amigo era mi hermano”, repasa ahora Miguel, sentado en un bar sobre Avenida de Mayo, cerca del Congreso Nacional, mientras acaricia su bigote puntiagudo.

Lo que siguió fue un shock. Un escape de esa realidad que lo atormentaba. Miguel se fue de inmediato a Buenos Aires y allí se quedó durante un año en la casa de sus tíos. Marcos se enteró un día después, cuando su papá le dijo –de la misma manera, sin vueltas– que tenía un hermano que ya conocía de antes: “Vino a mi casa, golpeó la puerta y ahí en la calle me lo contó. Dijo eso y se fue de vuelta a la remisería”, recuerda. Cuando intentó hablar con su hermano, Miguel ya se había ido. No estaba, no lo encontraba.

Sin celular ni redes sociales que permitieran el acercamiento, el reencuentro se dio recién 365 días más tarde.

Fue una noche en la que Marcos empezaba a tocar el acordeón arriba de los escenarios. Todavía faltaba para que conociera a Rubén “Cacho” Deicas y le propusiera formar el grupo Los Palmeras. Lejos estaba que el “Bombón asesino” explotara en todas las radios y que sonara en cada fiesta de cumpleaños o casamientos. Marcos quería volver a ver a Miguel.

Ocurrió en un boliche oscuro, con manchones de humedad en las paredes –cuentan ahora los dos–, perdido por la capital santafesina. La cumbia era una música relegada sólo a la clase baja. Hasta allí llegó Miguel, enterado de que su hermano brindaría un show para un puñado de personas. Hubo un instante, entre una canción y otra, que los dos se vieron. Fue al final del espectáculo que Marcos bajó del escenario y Miguel se acercó: no hablaron, se abrazaron en silencio.

“Fue muy extraño porque nosotros siempre bromeábamos que como amigos teníamos tantas cosas en común que parecíamos hermanos. Ese abrazo de reencuentro fue, de alguna manera, un abrazo con la vida”, dice uno y emociona al otro.

El padre de los dos murió tiempo después, ya casi sin contacto con sus hijos. En la casa de Miguel el tema fue siempre tabú. Nunca se habló y cada vez que quería ver a su hermano lo hacía sin darlo a conocer: “A mi mamá nunca le gustó hablar de eso y para no herirla no se lo decía”.

Los caminos de los dos siguieron por rumbos diferentes, pero nunca perdieron el contacto. Miguel se instaló definitivamente en Buenos Aires, se dedicó al rubro textil, se casó y tuvo un hijo que ahora toca el teclado y sueña con ser músico como su tío. Marcos recorrió el mundo con Los Palmeras y a principios de junio pasado se dio el gran gusto de, junto al grupo, conquistar el mítico Luna Park, a estadio lleno.

“Marcos es un ejemplo de persona, un perseverante y un soñador. Lo admiro como mi hermano, pero más como mi amigo”, asegura Miguel. La respuesta llega de inmediato: “Nos une la bondad, la música y Colón. Si bien no nos vemos como en la adolescencia las charlas que tenemos ahora son más nutritivas. Cuando hablo con él son como mil sesiones de terapia”.

Hace rato que en el cuaderno en el que Marcos escribe sus canciones tiene una hoja vacía. Sólo tiene un título, pero le falta la letra: “Rama de un mismo árbol”, se lee acompañado de algunos garabatos inconclusos. Es el tema que ahora quiere componer para tocarlo con su acordeón y para que Cacho le ponga la voz. Miguel le aporta la primera estrofa: “Nacimos del mismo árbol, y aunque nuestras ramas crezcan en diferente dirección, siempre nos unirán nuestras raíces”.

Fuente: Clarín