Por Rocco Guglielmi*

A fines de 1998 fue elegido presidente de Venezuela Hugo Chávez, dando comienzo al régimen de la revolución bolivariana que más tarde se conoció como el “socialismo del siglo XXI”. El gobierno venezolano supo seducir a izquierdistas de todo el mundo, quienes encontraban en el modelo chavista una alternativa al sistema que había fracasado en Europa oriental y estaba agonizando en Cuba.

La muerte de Chávez en 2013 dejó sin profeta a la revolución. Su sucesor, Nicolás Maduro, nunca estuvo siquiera cerca de darle legitimidad a la propuesta del chavismo y la crisis económica se fue transformando hasta convertirse en crisis política, institucional y humanitaria. Cada día que pasa la situación se torna más crítica, mientras Maduro, el heredero del profeta, se convierte en el sepulturero de la revolución.

Sin embargo, a pesar de que sea cada vez más difícil encontrar atributos democráticos en el régimen venezolano y el sistema parece estar siempre a punto de estallar, Maduro sigue resistiendo, aferrado al poder. Hay tres factores fundamentales que soportan esta resistencia: la protección de las fuerzas militares, las inmensas reservas del petróleo venezolano y el apoyo de algunos países de la comunidad internacional.

Fuerzas armadas y poder

Una de las bases en la propuesta de la revolución bolivariana fue una especie de acuerdo cívico-militar que le fue otorgando más y más poder a las Fuerza Armada Nacional (FAN), medida que se incrementó aún más con la llegada de Maduro al gobierno y que se visibiliza en el apoyo irrestricto de los militares al régimen. Actualmente, la FAN cuenta con alrededor de 165.000 efectivos (entre Ejército, Armada, Aviación y Guardia Nacional), además de los reservistas, unos 25.000 funcionarios y milicianos, que son civiles integrados a labores de inteligencia y de seguridad y orden público.

Oficiales de la FAN están a la cabeza de 11 de los 32 ministerios, controlan muchas de las actividades productivas, la renta petrolera con todo lo que ello implica e incluso hasta la distribución de los alimentos. A pesar de que algunas facciones se declaren en rebeldía, la mayoría de los militares no necesitan tomar el poder por la fuerza, porque en la práctica ya lo tienen.

Clientelismo petrolero

Chávez asume en el poder cuando el barril de petróleo tocaba sus valores mínimos históricos por debajo de los US$ 20, número que sin embargo comenzaría a aumentar hasta llegar a su máximo histórico, precio record por encima de los US$ 140 para mediados del 2008. Ese incremento en el valor del mayor recurso natural de Venezuela, le permitió al gobierno aplicar un “clientelismo petrolero” utilizando los recursos del Estado para obtener y otorgar todo tipo de beneficios.

El valor actual del barril de petróleo se encuentra en torno a los US$ 50. Por un lado, es un valor relativamente bajo para pretender mantener el despilfarro de dinero que caracterizó a la política de la revolución bolivariana durante muchos años; aquí radica uno de los motivos por los que tanta gente quedó fuera del sistema en Venezuela. Por otro lado, continúa siendo un valor relativamente alto, que le permite al gobierno seguir financiando a sus militares y continuar aplicando parte de la diplomacia petrolera.

Lo que queda de la red de alianzas

La diplomacia venezolana estuvo sustentada principalmente por el reparto de los “petrodólares”, que le permitieron a Chávez construir una red de alianzas globales y posicionar a Venezuela como un país de cierta aceptación y privilegio en el sistema internacional. Con el pasar de los años y con la situación interna colapsando, el régimen de Maduro ha ido perdiendo aliados, aunque la mayoría de sus “socios estratégicos” continúan tendiéndole la mano.

Algunos países como España, Reino Unido, México, Colombia y ahora Argentina repudian enfáticamente al gobierno venezolano. En la línea crítica pero un escalón más abajo aparecen otras naciones, como Estados Unidos, ya que Trump no considera a la región como prioritaria en su política exterior, y Brasil, que sumida en su propia crisis no está en condiciones de repudiar abiertamente a otros países. La diplomacia vaticana, por su parte, ha hecho lo propio tomando posición (demasiado tarde) frente a la “radicalización y agravamiento de la crisis”.

En la vereda de en frente, los socios estratégicos de Venezuela siguen siendo la mayoría de los países del Caribe, con Cuba y Nicaragua a la cabeza (reciben petróleo venezolano). Rusia, China e Irán, cada país con sus motivos propios y en diferente intensidad, también hacen público su acompañamiento al régimen. Por último, dentro de lo que queda de la izquierda latinoamericana, Bolivia y Ecuador, más el primero que el segundo, son los dos países que continúan brindándole su apoyo a Maduro.

En síntesis, a pesar de que en Venezuela el poder ejecutivo no responda al pueblo ni tampoco sea controlado por los demás poderes y que el modelo chavista haya saltado de la inclusión social a la multiplicación de la miseria, los tres factores mencionados conforman una especie de blindaje de poder que mantienen a Maduro aferrado a su cargo.

¿Hasta cuándo se mantendrá este blindaje? Probablemente siga funcionando mientras el valor del petróleo se mantenga estable como para continuar financiando a los militares y manteniendo su núcleo duro de socios estratégicos. Si algo de todo esto se quiebra, el desorden que se está apoderando de las calles se podría transformar en una especie de guerra civil y desatar un juego de suma cero que implique aún mayor violencia y algún escenario de final abrupto.

* El autor es licenciado en relaciones internacionales.