Por Germán Beauge*

Horas después del ultimátum del secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, a Venezuela exigiéndole el llamado a elecciones, el chavismo respondió con su habitual defensa: “Malhechor, enano de la moral, enemigo del país. Su odio a Venezuela se lo va a tener que tragar”, lanzó la canciller Delcy Rodríguez.
El gobierno bolivariano expresó su más “profundo repudio” ante un informe “ilícito e ilegítimo”, que pretende “promover la intervención internacional de nuestro país y acentuar la guerra económica”.
Rodríguez acusó a Almagro de buscar la intervención de Venezuela y de alentar a los sectores opositores para derrocar al gobierno. Además, calificó a secretario general como “un personaje contra la paz en Venezuela”.
“Pocas sanciones morales y políticas existen más fuertes para los gobernantes de un país que la mirada y las medidas que puedan tomar sus pares”, fue la advertencia de Almagro a última hora de anteayer.
“Si no se realizan elecciones generales bajo las condiciones estipuladas pasaría a ser el momento necesario para aplicar la suspensión a Venezuela de las actividades de la organización”, señaló Almagro.
El ex canciller uruguayo bajo el gobierno de Pepe Mujica también exigió el retorno del orden constitucional con el restablecimiento del poder del Parlamento, la conformación de un nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE) y la renovación del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), convertido en el martillo revolucionario contra la Asamblea Nacional y contra la oposición. Para Almagro en Venezuela “hay ruptura total del orden democrático”.
El secretario general de la OEA necesita el voto de 18 países para primero promover la Carta Democrática, una cifra que puede alcanzar si todos los países críticos votan en bloque. Pero conseguir la expulsión de Venezuela del organismo parece tarea difícil. Para esto hacen falta 24 votos, casi imposibles por el control económico que el chavismo mantiene todavía, pese a la crisis, sobre los países pequeños del Caribe.
*El autor es licenciado en Relaciones Internacionales.


















