
“No sé a qué hora vamos a volver. Estos chicos tienen ganas de seguir festejando”, le avisaba José Vignatti, el presidente de Colón, a los medios de comunicación que le preguntaban por el regreso del Sabalero a Santa Fe.
En el vestuario, los jugadores no paraban de cantar “dale campeón”, de saltar y de hacer selfies con la copa.
Finalmente, en horas de la madrugada del sábado, tomaron el avión que los trajo en vuelo charter a Sauce Viejo. Y de allí, a intentar descansar en lo que quedaba de la noche.
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Pero surgió una pregunta importante entre todos los hinchas de Colón, ¿adónde fue la Copa que trajeron? El trofeo durmió en un country. Y acompañada del máximo artífice de este logro: Eduardo Domínguez.
El entrenador de Colón la llevó a su hogar santafesino. La copa viajó, con el privilegio que se merece, adelante.
Así lo vieron los vecinos del club de campo donde vive Domínguez, cuando llegó. “¿Tenés la copa ahí?¿La podés mostrar?”, le preguntó uno de los tantos que estaba filmando la llegada del Barba a su casa.
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Domínguez les dio el gusto: unos segundos para que ese grupo de privilegiados puedan tocar el trofeo histórico y después a descansar: “Listo gente, nos vemos”, se despidió.
Después de tanto esfuerzo, el entrenador de Colón merecía tener ese momento a solas con la presea tan buscada. Luego, habrá tiempo para exhibirla en alguna vitrina del club.

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