La columna de Leuco: “La policía contra el delito”

El caso Chocobar disparó una polémica en la que me interesa participar. Voy a intentar opinar lo más claro posible. Argentina necesita una policía democrática, de excelencia profesional, pertrechada con la última tecnología y de una honradez a prueba de bala, con perdón de la metáfora. Creo que nadie en su sano juicio se puede oponer a esto. Pero vamos un poco más a fondo en las definiciones. Creo que el estado debe bancar a muerte a los buenos policías que se juegan la vida para defender a los ciudadanos honestos y pacíficos y debe castigar con todo el peso de la ley a aquellos malos policías que apelan al gatillo fácil y la tortura o son delincuentes que ensucian el uniforme que les da el estado.

Hasta aquí, tampoco creo que haya demasiada oposición a esta postura. Salvo aquellos que por cuestiones ideológicas están en los extremos y caen en la condena absoluta a todos los policías por un lado o los que como hizo en su momento Carlos Ruckauf, piden “meterle bala” a los que violan la ley y después preguntar.

Son dos propuestas enfrentadas, igualmente infantiles y peligrosas. Trataré de explicar los motivos.

Los adoradores de Zaffaroni o de la Correpi no quieren que haya policía. Creen que el delito es consecuencia de las injusticias del sistema capitalista y que por lo tanto los verdaderos delincuentes son los millonarios y no los que salen a robar, violar, traficar droga o asesinar. Es delirante lo que plantean pero en amplios sectores de la justicia, durante años fue permeando esta presunta actitud humanitaria. Aquí hay varios problemas que no tienen solución.

Durante la dictadura militar la policía fue un brazo más del terrorismo de estado. Comisarios fascistas y criminales como Miguel Etchecolatz o Ramon Camps asi lo certifican. Hubo campos de concentración manejados por la policía. Eso manchó de sangre a los presuntos servidores del orden y fue castigado convenientemente por los juicios de la democracia. Es cierto que eso dejó un fuerte sedimento de corrupción policial. Muchos están involucrados entre los narcos, los piratas del asfalto y ni que hablar del juego y la prostitución. Pero lo cierto que en cada policía no está más la cara de Jorge Videla. Son en su mayoría muchachos jóvenes de origen humilde que tratan de ganarse la vida del lado de la ley. A esas nuevas camadas hay que capacitar, controlar a fondo y premiar su arrojo y su opción por combatir a los delincuentes y no sumarse a los delincuentes. Insisto: está claro que aquel policía, gendarme o cualquier uniformado que caiga en la corrupción, o al gatillo fácil o la tortura debe ser extirpado de la fuerza correspondiente.

Pero basta de estigmatizar a todos los policías con la corrupción o la mano dura porque si no estamos perdidos y los pistoleros más feroces se van a multiplicar, se envalentonar y van a matar policías como moscas. Este es uno de los países del mundo en donde hay más asesinatos de policías. Cada vez que hay un enfrentamiento en general todo termina con el policía preso y el delincuente libre. Esa señal es letal para la sociedad civilizada y la inseguridad va a seguir creciendo porque los policías honestos, en el mejor de los casos, miran para otro lado cuando ven un delito. ¿Se entiende? La ecuación que hacen es muy fácil. Si los policías que flotan y hacen la plancha siguen ascendiendo por antigüedad y conservan su trabajo y su sueldo, ese debe ser el camino a imitar. Si el que se juega la vida es embargado y encarcelado, lo mejor es borrarse y que el delito lo combata magoya.

¿Está claro? El estado no debe permitir que ningún argentino cometa delitos. Y si tiene uniforme mucho menos. Pero debe apoyar y fomentar que se combata el delito.

Es sencillo, lo dijo Perón: dentro de la ley todo, fuera de la ley, nada.

El otro extremo ideológico, el de la ultraderecha cruel es igualmente repudiable por la inmensa mayoría de los ciudadanos. No se puede fomentar que se tire a matar y después se pregunte. Es discriminatorio y fomenta el odio racial que le da a los delitos un color de piel o un lugar en la pobreza o exclusión.

Otra frase básica que necesitamos incorporar: el que generaliza discrimina. No es cierto que los excluidos o marginados sean todos ladrones, como dicen los nazis criollos. Es al revés, muchas veces las principales víctimas de los delitos son los más humildes. Les roban sus mochilas o sus zapatillas y sus hijos no pueden salir de noche ni a la esquina.

Aquí si hay una ancha y gigantesca avenida del medio. El estado tiene que perseguir y castigar todos los delitos. No importa si el que lo comete tiene uniforme o no.

Pero hay que exterminar esos prejuicios de quienes ven un uniforme y ven un represor corrupto y quienes ven un morocho humilde y ven un secuestrador.

Ese camino nos lleva a la justicia por mano propia. Al ojo por ojo que termina con la sociedad ciega. Y a la venganza que es el más primitivo y reaccionario de los sentimientos. No estoy para nada de acuerdo con la pena de muerte. Además es ilegal. No existe en la Argentina. Aunque como dice Rolando Barbano, muchos jueces presuntamente garantistas decretan la pena de muerte de hecho para las víctimas de delitos.

Pero tampoco estoy de acuerdo en que los que roban, violan o matan, entren por una puerta y salgan por la otra muchas veces antes que la familia entierre a su muerto.

No estoy de acuerdo con “el viva la pepa” nefasto de las excarcelaciones. Delincuentes peligrosos y reincidentes seriales son liberados con una facilidad criminal.

Los jueces deben comprender que gran parte de su responsabilidad es que se cumplan las penas, que los juicios sean rápidos. Es la única manera de garantizar paz y tranquilidad a las familias argentinas.

Necesitamos una policía de manos limpias y de mano justa, no de mano dura y tampoco de brazos caídos como en estos últimos tiempos.

Y el gobierno debe seguir con la depuración de las fuerzas de seguridad. Los Kirchner y casi todos los gobernadores se hicieron los tontos y pactaron con las mafias de uniforme. En la provincia de Buenos Aires, tanto María Eugenia Vidal como Cristian Ritondo metieron el bisturí para hacer cirugía mayor. Por eso los amenazan. En la provincia, desde que llegó Cambiemos, fueron separados de la bonaerense 8.300 policías. ¿Escuchó bien? 8.300 malos policías separados. En dos años. Hay 1.500 exonerados y 600 detenidos. Todavía falta. Pero se avanzó mucho en la lucha contra la corrupción policial. Scioli y Cristina no hicieron nada. Convivieron con las mafias policiales.

¿Se acuerda de Cristina que ignoró el reclamo y dijo que era un problema de los ricos y una bandera de la derecha? ¿O de Aníbal Fernández, cuando no, que rompió el boludómetro y dijo que era una mera sensación térmica.

El combate con el delito deber ser urgente. Y con las mejores armas. No es tan difícil de entender. Premios a los buenos y castigos a los malos. Esa es la policía que necesitamos. Esa es la tranquilidad que necesitan nuestros hijos.

¿No le parece?

Más de la mitad de los argentinos justifica total o parcialmente la justicia por mano propia. Es decir matar para que no nos maten. Esto es gravísimo. Estamos demasiado cerca del infierno de la ley de la selva donde siempre gana el más poderoso. Es un retroceso a la no civilización democrática. Es la barbarie del ojo por ojo y el diente por diente. Ya le dije muchas veces, con el ojo por ojo, al final, todos nos quedamos ciegos. Es la venganza como forma de relacionarnos con nuestros semejantes. Es el estallido de la condición humana.

No hay que apostar al autoritarismo pero tampoco a la anarquía que genera la pasividad. Autoridad es lo que hay que reconstruir. Autoridades policiales y judiciales que apliquen la ley con todo rigor y sin amiguismos.

Decía Ricardo Roa con sabiduría que la aspiración de todos, gobernantes y gobernados, debe ser “vivir sin miedo y no convivir con el miedo”. Así de simple y contundente. El miedo es el peor veneno de una sociedad y de un individuo. Siempre el pánico nos saca lo peor de nosotros.

La vida cotidiana nos cambió por completo. La mirada generosa hacia nuestro vecino se transformó en sospecha. Ya todos estamos alertas. Rejas en las puertas y ventanas, cámaras de televisión, seguridad privada, mas patrulleros, no salir de noche, dar vueltas a la manzana antes de entrar al garaje, temblar cuando nuestros hijos no llevan de la escuela o del boliche de la madrugada bailable. Vivimos con el corazón en la boca. Hemos naturalizado el miedo. Estamos con la guardia levantada todo el tiempo y eso nos hacemos menos seres humanos, menos solidarios, más solitarios, menos francos y más mezquinos.

No hay sociedad democrática sin premios ni castigos.

Basta de este cambalache de siglo XXI donde es lo mismo el que labura o el que está fuera de la ley. Los inmorales nos han igualado.
Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor
Ignorante sabio o chorro
generoso o estafador.
Que falta de respeto
que atropellaba la razón
cualquiera es un señor
cualquiera es un ladrón