La columna de Leuco: “Convivencia religiosa”

Se declara a América Latina y el Caribe como “Zona de convivencia inter religiosa”. Así como lo lee. La región apuesta a la paz con toda su energía.

Pasa de todo hoy en la Argentina. En unos minutos vamos a hacer una entrevista sobre la renuncia de Gils Carbó.
En un rato vamos a repasar y analizar todos los anuncios que hizo el presidente Macri. Fue un acto en donde propuso los cimientos del nuevo país que tenemos que construir entre todos.
Pero ahora, si me permite, yo le quiero hablar de otro acto en mi querida provincia de Córdoba. Porque en esa Argentina que soñamos, más igualitaria y con mayor libertad, hay muchos disvalores que desterrar, pero también hay otros valores maravillosos que tenemos los argentinos y que hay que fortalecer y mostrar al mundo con orgullo.
Hablo de esa emocionante convivencia alegre y profunda, que existe en nuestro país entre los representantes y los practicantes de distintas religiones. Es una cosecha luminosa que hemos recogido después de muchos años de siembra.
Hoy se declara a América Latina y el Caribe como “Zona de convivencia inter religiosa”. Así como lo escucha. La región apuesta a la paz con toda su energía. Y no solo como un don que viene del cielo. Como una construcción de los hombres de fe para todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar este suelo generoso en esta parte del planeta.
Cuatro organizaciones representantes del cristianismo, judaísmo y el islam, rubrican un documento que tiene como objetivo potenciar el trabajo conjunto y anunciar al mundo esta buena nueva. De este lado de la humanidad estamos en condiciones de hacer una exportación no tradicional que no va en barcos ni en contenedores: se llama convivencia pacífica activa e integradora.
Líderes de distintas experiencias religiosas hacen este aporte invalorable desde Córdoba, el corazón que late por todos en la Argentina. Dicen que no se quieren sentar a esperar soluciones milagrosas, y eso que son hombres de profunda fe, para fortalecer mucho más todavía estas raíces comunes que ayuden a blindar la región para que no importe conflictos de otras partes del mundo y que por el contrario, exporte el mensaje ecuménico de que la convivencia es posible.
En un rato, en el Centro Cultural Córdoba, con la presencia de Claudio Avruj, Secretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación y del gobernador Juan Schiaretti, entre otras autoridades, firmarán el documento: el Consejo Episcopal Latinoamericano; el Congreso Judío Latinoamericano; el Consejo Latinoamericano de Iglesias, y la Organización Islámica para América Latina y el Caribe. En una parte de la llamada “Declaración de Córdoba” se plantea que la región “es un ámbito bendecido con una enorme pluralidad de culturas, ideas, razas e idiosincrasias, nos sentimos obligados a aportar a nuestras sociedades un modo de vincularnos desde una mayor fraternidad como criaturas que portamos lo sagrado y puro de la vida”. En la primera parte de esta declaración también son autocríticos y reconocen que “ha habido épocas y zonas con distintos grados de incomprensión entre nuestras comunidades”.
Este blindaje a la diversidad se hace en Córdoba porque la experiencia del Comipaz es de las más profundas, duraderas y sólidas que existen. Este Comité Interreligioso por la paz, tiene el empuje del padre católico Pedro Torres, el rabino Marcelo Polakoff, el imán Alí Badrán, y el pastor Noberto Ruffo pero al que también adhieren representantes armenios, ortodoxos, luteranos y de la comunidad Bahai.
Argentina es una tierra sin graves conflictos étnicos o religiosos. Energúmenos que discriminan e intolerantes hay en todos lados. Pero en este país tenemos el orgullo de haber construido el Instituto de Diálogo Interreligioso que es un ejemplo de pluralismo y de convivencia pacífica. Y el Papa Francisco, cuando era el cardenal Jorge Bergoglio fue una suerte de protector y multiplicador de este tipo de construcciones sociales. Ellos son el emergente de las raíces profundas que fueron tejiendo los inmigrantes en esta bendita tierra de trabajo. Y de la igualdad de oportunidades que fue abriendo la escuela pública. Esos picados en los recreos, en el patio del colegio en donde la delantera del equipo la integraban el rusito Samuel y el turco Ibrahim. Esos gloriosos cumpleaños de pibes cuando se mixturaban los colores de la piel y las clases sociales. El negrito Juan, el tano Francesco y el gallego Pepe. Todos bajo el mismo techo. Todos edificando su futuro de movilidad social ascendente y entreverando culturas, religiones, comidas y tradiciones. Uno enriqueciendo su mirada con la experiencia del otro.
Esa Argentina crisol de razas, ese progreso motorizado con nuestra sangre, sudor y lágrimas y con las manos callosas de nuestros abuelos se convirtieron en los cimientos de este orgullo que podemos exhibir al mundo. Es bueno predicar con el ejemplo. Respetar y valorar las mezquitas, al Muro de los Lamentos, la Vía Dolorosa, el Santo Sepulcro y Belén, los lugares sagrados para todos. Plantar árboles en común. Sembrar la cultura del encuentro, esa sociedad de hermanos que tanto necesitamos aquí y en todos lados. El Papa en Buenos Aires fue el primer cardenal en visitar el Centro Islámico y la DAIA. Fue el impulsor de la escuela de vecinos, de la jura de la bandera en común de los chicos de todas las creencias.
Cada uno reza por lo que cree y no intenta convencer al otro. Respeta al otro en su integridad como ser humano y comparte temas que todos defienden: la solidaridad, el bien común, los derechos, todas las libertades de pensamiento y de culto. Esto demuestra que no todo está perdido. Que podemos pelear por el mejor de los milagros: la integración. El fin de la discriminación. Sería el fin del odio racial. El amanecer de un nuevo planeta llamado convivencia. Es la contracara del nazismo que creía en una raza superior. Es la celebración de que todas las razas somos superiores. Y que todos somos iguales ante la ley y ante Dios. Hoy tiene mucha vigencia esta batalla cultural porque la xenofobia está resurgiendo en muchos países del mundo.
Una buena manera de celebrar la vida es darle una mano al que, por suerte, es diferente y por suerte es semejante. Porque un día podremos decir que el milagro de la paz nació en la Argentina. El milagro de Jorge Mario, el hijo de un ferroviario del barrio de Flores que un día se transformó en el Papa Francisco, en el sumo pontífice de los pobres y la paz. Y el milagro de que otros dos compatriotas, el rabino Abraham Skorka y el líder islámico Omar Abboud, lograron abrazarse frente al Muro de los Lamentos para apostar por un mundo que no tenga que lamentar más guerras ni violencias. Son tres amigos de Buenos Aires. Se pasaron horas y horas tomando mate. Días enteros hablando de religión, de cómo hermanarse cada vez más en la convivencia. Discutían hasta de fútbol y de tango. Esos tres amigos del alma que le rezan a tres dioses distintos pudieron abrazarse profundamente y enviar la mejor de las señales a la humanidad. La que dice se puede. Se puede enriquecerse con el pensamiento y la fe del otro. Se puede sentir al otro como un hermano de la fe aunque recorran textos sagrados distintos.
Esos tres porteños lo lograron. Ese abrazo tardó dos mil años pero llegó. Estuvo en las tapas de casi todos los diarios del mundo. Los tres con la cabeza cubierta. Los tres hablando en castellano. Los tres con pasaporte argentino. Ese es el milagro de la paz. Una apuesta a la paz universal que nació acá a la vuelta y está recorriendo el planeta. Por los siglos de los siglos.

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